Me molesta desperdiciar mis reservas de tristeza en ti, pudiendo invertirlas en reorganizar archivos, iniciar con ellas una composta, o guardarlas para el siguiente mes -que, se sabe, viene duro-. Ya de menos gastármelas en algo que me altere para bien, como beberme mi propia sangre en copa. Abrir todos los poemas que esperan en sus empaques de cartulina sulfatada. Ayunar.
Frente al dolor del mundo, mi pequeño dolor, anotó Dalton.
Tanto en espera de ser llorado. Tanta tierra reclamando agua. Y una aquí como la sentada regando los más brillantes bloques de pavimento, abonando la causa perdida como los pétalos de bugambilia mueren en las banquetas:
sin volver a casa.
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