Cuando dejaron de caérsele las lágrimas,
comenzaron las pestañas.
Como no podía arrancarse los pensamientos
se arrancaba los cabellos.
Como quien desgarra el celofán de un regalo,
se quitaba las costras para mirarse por dentro.
Digería clavos para tolerar la incertidumbre con intestinos de acero.
Soñaba una playa que sostuviera el peso de sus huesos,
y dormida masticaba bocados de arena.
El cuerpo no habla el idioma de los exactos
sino el de las señales
el de las lunas de las uñas
el del norte de las miradas.
El cuerpo sabe y dice a dónde va,
pero no redacta un informe,
lanza destellos inoportunos y ardientes,
y en el camino deja rastros a los que llaman enfermedad.