miércoles, 5 de febrero de 2020

La llave



Terapeuta cuestiona
si esto que siento es amor
o un apego emocional insano,
¿podrían ser ambos?

A la orilla de la cama me he sentado
cual madre de una adicta de veintiún años
a acariciarme los pies con fiebre.

Respiro hondo y miro a la pared a los ojos:
suéltala / no quiero
esta angustia no es amor
es síndrome de abstinencia.

Terapeuta pregunta
¿la amas más de lo que te amas?
Ya no.
Pero podría.

Podría huir de este cuarto, buscarla
jurar que no habrá otra vez más que ésta
en que vuelva a inhalarla de cima a sima
con la punta de mi nariz.

Riesgo latente:
por un instante más de ella
podría dejar en prenda mi rumbo.

Podría, pero me prefiero viva.

Por eso me he encerrado aquí
a confesarme con el techo
y cual madre que enseña lo que es “no”
a tolerar mi prolongada rabieta.

Así me he descubierto
de profundidad intacta
confiada       confinada
a esta cerradura elegida
bajo la llave libertad.

Al otro lado del muro de piedra


Asomo la cabeza por esta ínfima ventana
y veo a la enredadera indomable elevarse sobre los muros.

Tan grande y hermoso es este jardín
esta microjungla instalada entre drenajes y pasamanos
de musgo entre cada tabique, de pétalo vivo en cada agujero
que creo que el origen nos persigue
¿qué cómo me hace eso sentir?
Me alegra que me lo preguntes.

De un lado del muro de piedra, bendita soy entre las fieras.
A quién le dan hierbas salvajes que llore
habiendo tantas gentes que despiertan a oscuras y a secas
en sus cuartos rentados de no niños no perros no soles no visitas.

He venido a caer aquí.
Al otro lado del muro de piedra.
La escalera de caracol perdió el hierro y se volvió ramas
la tierra siempre abierta al rocío que llega sin hora
y las plantas sabiendo lo que no pueden decirme.

Mi voz las nombra, ¿hasta cuándo?, suelo preguntar,
escucho atenta por si el crujido de un tallo es la señal.

Este olor a vida me aturde y me excita
no sé si quiero rodar por los prados o dormir bajo los puentes
no sé si quiero llenarme de tierra el sexo hasta descarnar en raíces
o pavimentarme el alma para allanarme el camino.

Y es que a veces sospecho que la expansión sigue.
Y no sé qué hacer con la enormidad de las flores y la pequeñez de mis ojos,
pues en mi vientre cambié al hijo de un hombre por este jardín.

Sueño que me siento en el techo
y no puedo asomar la cabeza porque ya estoy afuera
con la carne expuesta a la única intemperie que hay.
 

Caja de flores

De todo lo que quiero decirte aunque nunca lo haga planeo escribirte la mitad. De esa mitad, doblez en vertical puedo apenas exhalar  un int...