miércoles, 5 de febrero de 2020
Al otro lado del muro de piedra
Asomo la cabeza por esta ínfima ventana
y veo a la enredadera indomable elevarse sobre los muros.
Tan grande y hermoso es este jardín
esta microjungla instalada entre drenajes y pasamanos
de musgo entre cada tabique, de pétalo vivo en cada agujero
que creo que el origen nos persigue
¿qué cómo me hace eso sentir?
Me alegra que me lo preguntes.
De un lado del muro de piedra, bendita soy entre las fieras.
A quién le dan hierbas salvajes que llore
habiendo tantas gentes que despiertan a oscuras y a secas
en sus cuartos rentados de no niños no perros no soles no visitas.
He venido a caer aquí.
Al otro lado del muro de piedra.
La escalera de caracol perdió el hierro y se volvió ramas
la tierra siempre abierta al rocío que llega sin hora
y las plantas sabiendo lo que no pueden decirme.
Mi voz las nombra, ¿hasta cuándo?, suelo preguntar,
escucho atenta por si el crujido de un tallo es la señal.
Este olor a vida me aturde y me excita
no sé si quiero rodar por los prados o dormir bajo los puentes
no sé si quiero llenarme de tierra el sexo hasta descarnar en raíces
o pavimentarme el alma para allanarme el camino.
Y es que a veces sospecho que la expansión sigue.
Y no sé qué hacer con la enormidad de las flores y la pequeñez de mis ojos,
pues en mi vientre cambié al hijo de un hombre por este jardín.
Sueño que me siento en el techo
y no puedo asomar la cabeza porque ya estoy afuera
con la carne expuesta a la única intemperie que hay.
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