Madre, hermana y yo habíamos terminado de comer.
El rayo amarillo que cruzaba la cocina nos mantenía a la mesa.
Madre, que ha pasado muchos años en esta casa,
sabe que ese brazo de atardecer sólo atraviesa así en marzo
(como la sombra de la serpiente emplumada sobre Tenochtitlan,
ésta podría nuestra promesa de memoria entre ladrillos).
Ayer, mientras cocinaba, recordó cuando conoció ese sol,
unas tardes después de la muerte de nuestra abuela Lorenza.
Anoche, el papá de un primo nuestro decidió morir.
No los veíamos, éramos esos familiares desconocidos
que no ves y si los ves sonríes y dices qué gusto, yo también.
Nuestros días sin ellos no han cambiado demasiado,
sólo están, a cada marzo, más cúrcuma.
Creo que en mi mamá se quedó el tinte de la noticia,
pasó de su mano a la cuchara y de la cuchara al caldo.
Quizá por eso seguimos aquí, frente a los platos vacíos,
alargando una comida juntas hasta que el color se rinda,
hasta que nos quedemos así, fijas y en sepia,
como fotografía en libro cerrado a la que nunca alcanzará ese sol.
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